Al quedar sin trabajo, charlando con un amigo surgió un emprendimiento relacionado a su vínculo afectivo con los animales. Mariela recorre las calles en un antiguo Citroën Dyane naranja, que heredó de su mamá.
Su afecto por los animales, en especial por los perros, lo cultivaba cuando aún transitaba la infancia.
Cuando fue adulta trabajó en otro rubro que nada tenía que ver con esos seres que también son parte de los hogares. Pero un día se quedó sin una fuente laboral. Una crisis que, con la ayuda de un amigo veterinario, luego se transformó en la posibilidad de trabajar rodeada de aquellos mamíferos que tanto aprecia. Así surgió remís canino. Un servicio que Mariela presta hace 12 años en Goya.
En aquellos días en los que parecía que el sol se había ocultado, una charla con su amigo que es veterinario –Ernesto- generó los primeros rayos de luz. ¿Qué te gustaría hacer?, le preguntó él a Mariela. Su respuesta fue: “Algo relacionado con los animales”.
Ante esta contestación, el médico de los animales le contó una experiencia personal y que sabía que les pasaba a varios colegas cuando estaban atendiendo. En este contexto, rememoró que había recibido llamados de diferentes hogares de la ciudad que por falta de medio de movilidad pedían atención domiciliaria para quien pasó a ser un integrante más de su familia: el perro.
Esto derivaba en una situación muy compleja porque, por un lado, en esa casa no tenían un vehículo para el traslado y, por el otro, el profesional no podía abandonar a los que ya estaban en su consultorio.
Eso se podía solucionar si había un servicio exclusivo para trasladar a los perros. “Como tenía un Citroën Dyane naranja que en el 80 mi mamá compró cero kilómetro, me sugirió que le sacara los asientos de atrás y le colocara una especie de rejilla que él tenía para de esa forma separar a los animalitos de quien conducía, o sea de mí”, recordó Mariela en diálogo con República de Corrientes.
Tras lo cual añadió: “Además me sugirió comprarme un teléfono, así él podía dar mi número a quienes necesitaran el servicio”. Casi de manera inmediata no solo adaptó el auto como remís canino, sino que además Mariela llevó a la veterinaria los papelitos con su contacto telefónico. No obstante, cuando regresó a su casa, pensó que nadie la iba a llamar. Para el bien de ella y de cuantiosos beneficiarios del servicio, se equivocó.
Y aunque transcurrieron 12 años de aquella primera comunicación, aún recuerda con cariño a quien estrenó el remís: “Se llamaba Dona (bull terrier)”, precisó Mariela, quien fue atesorando innumerables anécdotas y experiencias.
Es que al comenzar a trasladar, por ejemplo, no tenía un GPS que la ayudara a encontrar una dirección o Internet en su celular para buscar cómo resolver determinadas situaciones. Pero con el paso del tiempo aprendió y ahora disfruta llevar a diferentes veterinarias a sus amigos para que les coloquen una vacuna, les realicen algún estudio o simplemente les corten su pelo.

